Escribo con apoyo de la IA y lo digo en voz alta. Lo he contado varias veces, con proceso y todo. Por eso me llama la atención la queja que hoy se oye por todos lados: qué cansancio leer textos que escribió un modelo. Muchas veces viene de alguien que, en voz baja, cree que a él nadie le nota la ayuda.
Durante años tuve un editor humano. Me rayaba las hojas, me tachaba párrafos enteros y me devolvía el texto sangrando. Sean Connery en Finding Forrester, con menos whisky. Nadie llamó deshonestidad a eso. El oficio del editor, y el del escritor fantasma, tienen más años que todos nosotros juntos.
Hoy mi editor es Claude. Me devuelve el texto rayado igual.
Vuelvo a esa película cada tanto porque Forrester deja instrucciones que siguen sirviendo.
Le dice a Jamal que el primer borrador se escribe con el corazón y que la cabeza llega después, en la reescritura. Que golpee las teclas en vez de pensar. Esa parte sigue siendo mía y ninguna máquina puede hacerla por mí sin que se note: el borrador torpe, el que sale caliente y mal escrito. Cuando el astuto le pide a la IA ese primer borrador, se saltó la única parte que tenía valor, y el lector lo huele aunque no sepa explicar por qué.
Forrester dice también que los escritores escriben para darle al lector algo que leer. El lector busca una sola cosa: a alguien del otro lado de la página. Quién tachó las comas le da igual.
La instrucción que más me gusta la suelta la primera vez que Jamal entra a su apartamento: si vas a entrar, cerrá la puerta con cerrojo.
El astuto se queda en el marco de la puerta. Usa la IA y actúa como si no, escribe con la máquina y firma con el corazón. Vive a medias adentro, y ese es el olor que todos reconocemos.
Si vas a entrar, entrá. Golpeá las teclas vos y después dejá que te lo rayen, sin esconderlo.
¿De qué lado de la puerta estás escribiendo?


