El criterio no se automatiza
Esta semana Anthropic lanzó Claude Fable 5, el modelo de IA más capaz que hemos conocido. Boris Cherny, el creador de Claude Code, contó que por primera vez siente que la máquina tiene juicio: mide, prueba, verifica antes de cantar victoria. Que dejó de ser un agente y empezó a ser un socio de diseño.
Andrej Karpathy confesó algo más íntimo: nunca había sentido tanta tentación de dejar de mirar el código.
Vale la pena quedarse en esa frase.
Porque si la máquina ya tiene juicio, ¿qué nos queda?
Aquí ayuda una distinción que solemos saltarnos. El juicio opera dentro de la tarea: cómo resolverla bien, cómo no engañarse, cómo verificar. Eso se está automatizando. Y bienvenido sea.
El criterio opera antes de la tarea: qué vale la pena pedir. Qué problema merece resolverse. Hacia dónde.
La palanca de Arquímedes acaba de volverse más larga que nunca. El software ya sale como agua del grifo: pedimos y aparece. Pero el grifo no decide qué construimos con el agua.
Cuando la ejecución se vuelve abundante, lo escaso cambia de lugar. Ya no es saber hacer. Es saber qué hacer, para quién, y por qué.
El propio Karpathy se corrigió a sí mismo: no hagas esto en producción.
Tampoco dejemos de mirar.
Pasamos de la era de dar instrucciones a la de diseñar buenos objetivos. El criterio ya no es qué decirle a la máquina. Es qué pedirle que logre.
¿Qué pasaría si dejamos que la máquina cargue todo el juicio que pueda cargar, y nos reservamos, con más intención que nunca, el criterio?
Quizás esa sea la división del trabajo que vale la pena diseñar.


