Anoche me llegó un pitch que parecía escrito por alguien que me lee de verdad. Citaba mis textos con precisión y proponía una colaboración. Dos horas después llegó otro correo: una disculpa breve. El agente de IA del remitente se había enloquecido y había enviado eso sin permiso.
Mi primera reacción fue reírme. Nadie revisa su bandeja de salida con esa puntualidad. La disculpa era la segunda parte del guion. El error era el gancho para abrir el siguiente mensaje con la guardia baja.
Un experimento así pasa por una reunión. Alguien lo presentó con su proyección de conversión y alguien lo aprobó.
Durante mucho tiempo la imperfección fue nuestra última señal confiable de humanidad. El typo, la disculpa a destiempo. Confiábamos en la torpeza porque las máquinas todavía no sabían ser torpes.
El error premeditado falsifica esa torpeza y convierte tu confianza en una métrica. Hay un tablero midiendo cuántos respondemos mejor a la disculpa que al pitch, ajustando el guion para la próxima ronda. Es un experimento donde el sujeto eres tú.
Lo que la lámina no mostraba: cada correo que envía tu agente es también una muestra de tu producto. El experimento mide mi reacción y, de paso, exhibe cómo se comporta lo que vendes cuando nadie lo está mirando.
A mí me dio risa y un poco de pena ajena.
En fin, el experimento sigue corriendo.


