El espejo de Dalí
Hoy, como todos los días mientras despertaba a Violeta, dije: “Alexa, buenos días”. Y Alexa nos contó las efemérides. Hoy cumpliría años Salvador Dalí.
Y pensé: ¿qué habría hecho Dalí con la IA?
La habría amado. Estaba obsesionado con la ciencia como combustible del arte. Leía sobre física cuántica, ADN, hologramas. Para Dalí, la era atómica no era solo un hecho científico: era una exigencia estética. Si el mundo había cambiado de materia, el arte también debía cambiar de lenguaje. Trabajó con cine, holografía, joyería, publicidad. Para él la pregunta nunca fue qué medio, sino qué visión.
El medio era combustible, no identidad.
Hoy mucha gente debate si la IA es arte, si reemplaza al artista, si vale o no vale. Dalí no habría debatido. Habría tomado la herramienta, habría experimentado mil noches, habría sacado algo profundamente suyo y profundamente nuevo.
Porque su genio nunca estuvo en el pincel. Estuvo en el lugar desde donde miraba.
Y eso es lo que la IA hace con todos nosotros ahora mismo: nos desnuda. Cuando aparece una herramienta que puede generar cualquier imagen, escribir cualquier texto, componer cualquier melodía, lo que queda en pie es la voz. La obsesión. El criterio.
La IA no reemplaza al artista. Reemplaza al que no tenía nada que decir.
Por eso asusta tanto. No es la herramienta. Es el espejo.
¿Qué queda de nosotros cuando la técnica deja de ser excusa?



Me recuerda al vídeo de Brandon Sanderson «We Are the Art» (https://www.youtube.com/watch?v=mb3uK-_QkOo) donde el énfasis se pone en la transformación del artista más que en el proceso de crear un objeto que se clasifica como arte.
Sin embargo, no acabo de entender la pregunta. Quizás porque, al igual que Sanderson (y quizás Dalí), entiendo que jugar con la técnica es parte del proceso. A menos que uno se escude en aprender la técnica para ocultar que en realidad no sabe qué explorar con esa técnica. Porque más que un medio para decir, el arte es un medio para explorar. El decir viene al final.