Estoy releyendo Becoming Steve Jobs y me detuve en una lista que hacen los autores: Compaq, Control Data, Data General, DEC, Sperry Rand, Texas Instruments. Empresas de computadores de otra época.
Nombres que suenan a lo que son. Máquinas hechas por ingenieros para ingenieros.
Apple suena a otra cosa. A fruta, a algo que se recoge del árbol.
Lee Clow, el publicista que acompañó a Jobs durante décadas, lo cuenta en el libro: Jobs intuía que iba a meter en la vida de la gente una tecnología que no sabían que necesitaban, y para eso el nombre tenía que ser amable antes que preciso. Sony había hecho lo mismo años antes, cuando dejó de llamarse Tokyo Tsushin Kogyo.
Hoy vuelvo a ver esa decisión. Los modelos de Anthropic se llaman Haiku, Sonnet, Opus, Fable, Mythos. Palabras que vienen de la poesía y de la música. Al lado, GPT, GLM, DeepSeek R1, Qwen: siglas y versionado de laboratorio, nombres para el que ya sabe qué hay debajo del capó. Hasta OpenAI empezó a pegarle Sol, Terra y Luna a la sigla.
No estoy diciendo que un nombre haga mejor a un modelo. Digo que un nombre revela para quién crees que estás construyendo.
Cuando le pongas nombre a lo que estás haciendo, fíjate a quién le suena.


