Cada semana alguien firma un certificado de defunción. Casi siempre tiene la versión nueva en la mano.
La fórmula se repite y siempre llega completa. Primero el muerto: el gerente de producto, la gerencia media, el escritorio del programador (el IDE), el consultor que cobra por hora, estudiar una carrera profesional. Después el catálogo: aquí está la versión nueva de eso que acaba de morir, y la tengo yo.
Declarar la muerte cumple una función precisa. Limpia la mesa. Si lo que sabes hacer está muerto, tu experiencia deja de servirte como argumento y quedas sin piso para preguntar nada. Quien firma el certificado se queda como la única persona que sabe qué sigue. Suele tener, además, el título que declara inútil.
Ahora mira el inventario del último año.
Shopify devolvió sus aplicaciones a código nativo después de años predicando lo contrario. Hoy le sale más simple sostener un par de buenas apps que ahorrar con una híbrida.
Las empresas que premiaban quemar tokens ahora frenan el gasto y lo llaman disciplina. Los modelos abiertos volvieron a ser interesantes por una razón tan poco épica como el precio. Hay quien era fan de un modelo en enero y del rival en marzo, con la misma convicción. Hay más aplicaciones publicadas que nunca y menos que valga la pena abrir por segunda vez.
Cada una de esas posiciones tuvo defensores apasionados. Cada una los perdió en cuestión de meses.
Conseguir un buen ingeniero, mientras tanto, está más difícil que hace un año.
Los oficios casi nunca se mueren. Se vuelven más difíciles de hacer bien, que es una cosa distinta y bastante menos vendible. Saber cuándo un sistema va a romperse y escribir algo que otra persona entienda en dos años. Decidir qué no construir. Nada de eso llegó con la ola pasada ni se va con esta, y nada de eso se aprende en un fin de semana.
La moda llega primero y hace más ruido. La ingeniería se aprende despacio y todavía está ahí cuando la moda se fue.
¿Cuántas muertes te anunciaron este año, y cuántas te las anunció alguien que no tenía nada que venderte?


