Esta semana me ofrecieron un trabajo. Entre los beneficios, me dijeron con orgullo, está el trabajo remoto.
Lo agradecí. Y me quedé pensando por qué a mí eso se me presenta como una pérdida.
Daniel Coyle se hace una pregunta vieja: por qué el Renacimiento ocurrió en Florencia y en ese momento, si otras ciudades tenían dinero y comercio. Su respuesta son los gremios. Talleres donde un muchacho de doce años entraba a preparar superficies, luego a mezclar pigmentos, luego a mirar cómo el maestro resolvía un fresco. Miles de repeticiones con alguien al lado que ya había cometido ese error antes.
Lo mismo vio en Brasil. Sus mejores jugadores crecieron con un juego que parece fútbol metido en una cabina telefónica: cancha del tamaño de una de baloncesto, una pelota más pequeña y pesada que casi no rebota. Sin espacio ni tiempo, cada toque es una decisión bajo presión. El juego está diseñado para que cometas más errores por hora, con todos mirando.
El talento, dice Coyle, crece en lugares donde es seguro mirar, batallar y robar ideas de otros: donde el error ocurre delante de alguien.
Eso es lo que a mí me gusta de ir a una oficina. La conversación de pasillo donde alguien te cuenta cómo se equivocó ayer. La pantalla ajena que ves de reojo y te enseña un atajo que nadie te habría explicado en una llamada.
El trabajo remoto te regala tiempo y te quita eso. Para muchos es un intercambio buenísimo. Para mí, el beneficio de un trabajo es la gente con la que puedo equivocarme.
Cada quien decide qué le cuesta más caro.
¿De quién estás cerca cuando te equivocas?


