El practicante equivocado
Escuchando el episodio #272 de Jaime Rodríguez de Santiago “Las 1000 caras de Dios” me quedé pensando en cómo nombramos las cosas que diseñamos. El nombre que elegimos revela exactamente qué esperamos de ellas.
Las organizaciones contrataron un practicante.
Le piden que busque información. Que resuma documentos. Que redacte el primer borrador de cosas que nadie quiere escribir. Las tareas que siempre fueron para alguien con menos experiencia.
La IA lo hace bien. Rápido, sin quejarse, disponible a las dos de la mañana.
El problema no es la herramienta. Es el modelo mental.
Un practicante ejecuta lo que le dicen. No entra a la sala donde se decide la estrategia. No cuestiona si la reunión de planeación tiene las preguntas correctas. No señala que el modelo financiero está construido sobre supuestos que nadie ha revisado en tres años.
Eso no es lo que hacen los practicantes. Es lo que hacen los aliados.
Hay una diferencia enorme entre las dos cosas.
Yo lo hice como ejercicio personal. Conversaciones con Claude como colaborador. No para delegar. Para pensar en voz alta y no quedarme solo con ideas sin forma. Funcionó.
Pocas organizaciones se han hecho esa pregunta: ¿para qué tipo de conversación quiero a la IA en la sala?
Los CEOs que conozco la usan para buscar, resumir y redactar. Pocos la usan para sentarse con ella antes de una decisión difícil. Para diseñar escenarios o cuestionar los supuestos que nadie ha revisado.
Tienen un practicante muy eficiente.
Todavía no tienen un aliado estratégico.


