El que firma responde
Esta semana KPMG tuvo que retirar un estudio sobre inteligencia artificial. El detalle es casi una fábula: el reporte celebraba los beneficios de la IA y estaba lleno de casos y citas que la IA se había inventado. Lo verificó el Financial Times, y varias de las empresas que ponía de ejemplo, como UBS, lo desmintieron.
No fue el único caso. EY retiró un informe con datos fabricados. Deloitte le devolvió al gobierno australiano parte de su pago por un reporte con notas al pie fantasma y hasta una cita inventada de un fallo judicial.
Las firmas cuyo negocio es decir ‘confíanos tu juicio’ fueron las que no lo ejercieron.
Es fácil leer esto como ‘la IA miente’. Eso ya lo sabíamos. Lo nuevo es más silencioso.
No son solo las grandes firmas. Cualquiera que hace un deep research, o sube sus fuentes a NotebookLM, y asume que el resumen no va a traicionarlo, cae en lo mismo. Que si la herramienta es buena, el resultado viene verificado de fábrica. Como si la herramienta también rindiera cuentas.
No viene.
Cuando producir el primer borrador se volvió casi gratis, el oficio se mudó de lugar. Dejó de estar en generar. Pasó a estar en discernir: revisar, contrastar, decidir qué sirve y qué se devuelve.
A un practicante brillante no le firmarías un informe sin leerlo. Rápido, sí. Útil, sí. Pero se revisa antes de firmar. La IA merece exactamente ese trato. Verificar es parte del proceso, no el reconocimiento de que algo falló. El que firma responde; la máquina no va a la audiencia disciplinaria.
¿Qué pasaría si midiéramos nuestro trabajo no por lo que producimos, sino por lo que somos capaces de verificar antes de ponerle nuestro nombre?


