El silencio después de publicar
Escribo todos los días. Lo hago para mí. Y aun así reviso las métricas.
Esa contradicción no me abandona. Sé por qué escribo: para pensar, para no perderme en mi propia cabeza, para encontrar qué creo antes de saber que lo creo. Eso es verdad.
Pero también es verdad que duele cuando nadie viene.
Y sigo escribiendo. Todos los días. Con o sin audiencia.
No porque sea disciplinado. Sino porque dejó de ser catarsis. Ahora es un hábito. Mi hora. Parte de lo que me mantiene funcional.
Cuando lo hago, escribir se vuelve el lugar donde proceso, donde excavo, donde encuentro el hilo. Para cuando publico, ya recorrí el territorio tres veces.
Pero el silencio después de publicar es el mismo de siempre.
Y hay días que ni llego a publicar. Otro proyecto se roba el foco, se va la hora. El post queda a medias. Son las diez de la noche y nadie pregunta: oye, ¿y el de hoy?
Nadie nota que no salió.
Aparece otro miedo: ¿y si lo apago? ¿Y si un día digo “hoy no” y después viene otro “hoy no” y de repente ya no salen más?
La velocidad no lo resuelve. La consistencia no lo resuelve. Ni siquiera saber que lo haces para ti lo resuelve del todo.
Tal vez no se resuelve.
Tal vez escribir todos los días es aprender a sostenerse en esa tensión: hacerlo porque necesitas hacerlo, y soltar lo que pasa después.
Todavía estoy aprendiendo la segunda parte.


