Vengo en carro a la universidad todos los días y paso por la misma cebra. Los peatones tienen prioridad, y a esa hora siempre hay alguien cruzando.
Yo me detengo. La persona empieza a pasar. En el otro carril, un carro astuto cruza antes de que el peatón siga.
La explicación que escucho es cultura. En Estados Unidos y en el Reino Unido veo seguido al conductor detenerse y esperar, sin cámaras y sin nadie mirando. En Londres la cebra tiene postes con luces ámbar y líneas en zigzag donde está prohibido adelantar al carro que frenó. Allá la cultura también se construyó, hasta que dejó de notarse.
Cuando algo no funciona, decimos que falta cultura. Casi siempre falta diseño.
Pasa igual en las empresas. La iniciativa de IA no aparece en los resultados y el líder señala la resistencia cultural. Revisar cómo se trabaja cuesta más que culpar a quien trabaja.
En la escuela aparece otra salida. Cada vez escucho más la propuesta de prohibir la IA en las aulas y volver a la hoja y al álgebra a mano. Prohibir es pintar otra raya en el pavimento. Le sirve a quien ya tiene ese apoyo en casa, y los demás se quedan sin cruce.
Un estudio publicado en PNAS, hecho en un colegio de Turquía, puso a estudiantes de matemáticas a practicar de tres maneras: con libro y apuntes, con un chat de IA sin restricciones, y con esa misma IA ajustada para dar pistas.
En la práctica, los dos grupos con IA lo hicieron mejor. En el examen sin IA, los del chat libre sacaron un 17% menos que los de libro y apuntes. Los de la IA con pistas quedaron al mismo nivel que los de libro.
Las dos usaban el mismo modelo. A una la diseñaron con profesores.
Mañana vuelvo a pasar por la cebra y voy a frenar, como todos los días. Sigue siendo pintura sobre el pavimento.
El estudio: Bastani, Bastani, Sungu, Ge, Kabakcı y Mariman, «Generative AI without guardrails can harm learning: Evidence from high school mathematics», PNAS, 2025.


