Humanízalo
Es una sola instrucción, y volvió inútil casi cualquier intento de detectar si algo lo escribió una IA.
Funciona. Le baja una tilde. Le mete una palabra coloquial. Le rompe el ritmo de las frases para que ninguna salga demasiado perfecta. Le pone la textura de alguien que escribió con prisa.
Nos engaña, porque la superficie ya dejó de ser una huella. Se ajusta. Se controla.
Pero humanizar reescribe palabras. No agrega pensamiento. No verifica un dato. No hace que alguien entienda aquello sobre lo que está escribiendo.
Se nota en cómo reparte las imperfecciones: parejas, decorativas, espolvoreadas como sal. El error humano de verdad no cae parejo. Se amontona donde nos importó. Uno se equivoca rápido en lo que le obsesiona, se alarga, deja un cabo suelto porque asumió que el otro ya venía entendiendo.
La rugosidad fingida no tiene consecuencia. Esa es la pista.
Porque lo único que no se humaniza con una instrucción es si alguien pensó. Para falsificar el pensamiento, hay que pensar. Así que nadie lo falsifica: lo salta.
Un texto puede sonar perfectamente humano y seguir vacío. Nadie entendió el tema. Nadie abrió la fuente. Suena a alguien que sabe, sin que nadie haya sabido.
Por eso la pregunta cambió.
Dejó de ser “¿esto lo escribió una IA?”.
Pasó a ser “¿alguien hizo el trabajo?”.
Lo demás son tildes.


