En 1953 le preguntaron a mi abuelo por la falta de estímulo para los artistas de acá. Respondió con una cifra.
Ciento ochenta mil pesos gastados ese año, solo en Antioquia, importando esculturas del exterior. Mármoles fríos y bronces hechos en serie. Bustos de Bolívar que eran copia de la copia de todos los Bolívares de todas las plazas de Suramérica.
Mientras tanto Rómulo Rozo y Rodrigo Arenas dibujaban avisos publicitarios por sueldo antes de irse del país. Hoy son nombres grandes de la escultura del continente.
Y señaló otra cosa. Los artistas jóvenes que alcanzaban a viajar volvían con lo que él llamó cultura de barniz. Una capa delgada recogida en los puertos de las ciudades grandes. Volvían hablando pestes de los de aquí.
En 2016 yo escribí sobre el ecosistema de Medellín. Coleccionábamos premios de ciudad más innovadora del mundo mientras empujábamos a los estudiantes a emprender antes de tener experiencia y olvidábamos a las empresas que construyeron este valle.
Hoy el barniz cambió de tema. Se llama inteligencia artificial. El experto que baja del avión con el mismo deck que ya mostró en todas las juntas de todas las capitales del continente.
Mientras tanto, la gente que está construyendo está en su computador, sin reflector, resolviendo problemas de clientes reales.
El patrón es más viejo que yo.
Mi abuelo podía hacer esa cuenta porque era artesano. Tallaba molduras y se las vendía a la Bedout para comprar el mármol. Nadie le tenía que explicar el precio de nada.
Se llamaba José Horacio Betancur. Sus esculturas siguen paradas en Medellín: la Madremonte, el Cacique Nutibara. Las pagó de su bolsillo y las regaló a la ciudad. Hasta el camión que las llevó lo pagó él.
Cuando alguien llegue con acento a decirnos cómo se hace, una sola pregunta alcanza.
Qué ha construido.


