Esta mañana escuchaba un podcast sobre von Neumann y terminé pensando en Douglas Adams.
Adams venía conmigo desde la feria del libro. Allá, con Violeta, quedamos en volver a leer La guía del autoestopista galáctico.
Von Neumann propuso en 1945 guardar las instrucciones en la misma memoria que los datos. Adams escribió su novela más de treinta años después, cuando los computadores personales apenas empezaban a llegar a las casas. Y se burló de toda esa ambición con un número.
Todo el mundo conoce el 42. Sale en series y en camisetas. La respuesta a la vida, el universo y todo lo demás.
Casi nadie recuerda el resto.
En la novela, una civilización construye Deep Thought para responder la gran pregunta. La máquina piensa siete millones y medio de años y entrega el resultado: 42. Garantiza que es correcto. El problema aparece enseguida: nadie sabe cuál era la pregunta.
Entonces construyen una máquina más grande para encontrarla. Esa máquina es la Tierra, y nosotros vamos dentro del cálculo.
Hoy tenemos a Deep Thought en el bolsillo.
Y le hacemos lo mismo. Cuando una respuesta nos sorprende, le preguntamos al modelo cómo llegó ahí. Él contesta con pasos ordenados y mucha seguridad. Esa explicación la fabrica en ese momento, a la medida de una respuesta que ya estaba escrita, porque el modelo arranca de cero en cada mensaje.
En los talleres, esta es la idea que más trabajo me da explicar. Quien lleva tres años conversando con la IA la ha visto seguirle el cuento. Recuerda lo que dijiste arriba y retoma el hilo. ¿Cómo va a arrancar de cero?
Arranca de cero. La aplicación le vuelve a enviar toda la conversación con cada mensaje, y el modelo la lee completa otra vez. Como alguien que llega tarde a la reunión y lee el acta antes de hablar. La continuidad vive en el acta.
Lo explico, el estudiante asiente y dice “sí, lo entendí”. Con el mismo tono de quien dice “pasemos a otro tema”.
Y lo entiendo. Cuesta aceptar que la máquina que acaba de razonar con uno olvida enseguida cómo lo hizo.
Por eso pedirle al modelo que explique su razonamiento equivale a pedirle otra respuesta.
Estamos construyendo la Tierra, conversación tras conversación, buscando la pregunta que dio el 42.
Yo prefiero gastar ese tiempo antes, en la pregunta. Una pregunta vaga produce un 42: exacto, elegante e imposible de usar.
Deep Thought tardó siete millones y medio de años en responder. Hoy la respuesta tarda segundos, y la pregunta sigue tardando lo que tardemos nosotros. Por eso esta vez, con Violeta, vamos a leer el libro buscándola.


