La risa en la carpa
En 1983, el MIT hizo un experimento en Aspen. Tomaron un camión con una cámara y fotografiaron cada calle, cada intersección, cada edificio. Lo conectaron a un computador y a un videodisco. Y de repente podías “caminar” por Aspen en una pantalla, girar en las esquinas, entrar a algunas tiendas. Incluso cambiar de estación: presionabas un botón y la misma calle aparecía con casi un metro de nieve.
Steve Jobs tenía 28 años y estaba parado al fondo de esa carpa contando esa historia.
Afuera, sol de junio. Adentro, varios cientos de diseñadores que, en su mayoría, nunca habían tocado un computador.
Jobs les dijo algo que sonó extraño en ese momento: van a pasar más tiempo con esta máquina que con su carro. Que esas máquinas iban a ser el medio de comunicación del futuro. Que reemplazarían al teléfono, a la televisión. Que las llevaríamos a todas partes.
Nadie le discutió. Nadie le creyó del todo tampoco.
Los diseñadores se rieron.
Hoy eso se llama el teléfono en tu bolsillo. Street View. El email que revisaste hace tres minutos.
Nadie se ríe.
Eso es lo que hace el tiempo con los experimentos raros: los vuelve obvios. Tan obvios que olvidamos que alguna vez sonaron imposibles. Tan obvios que nos cuesta imaginar que alguien en una carpa en Aspen escuchó esa descripción y pensó: ¿para qué?
Jobs no describía inventos. Describía futuros. Y diseñar futuros en voz alta, imaginarlos, a veces produce exactamente eso: risa.
¿Somos de los que se están riendo, o de los que están construyendo?


