Leer hasta el final
Mi hija lee como respirar. La encuentro en su cuarto, en silencio, perdida en un libro. No porque se lo asignaron. Porque el libro existe y ella quiere saber qué dice.
En la librería, la cajera se sorprendió. “¿Todos estos libros?” Para Navidad, para la familia. Como si fuera extraño.
Y tal vez lo es.
Escribo cuatrocientas palabras sobre una idea. Alguien lee las primeras cincuenta y responde como si hubiera leído todo. El argumento estaba ahí. La conexión estaba clara. Pero requería llegar hasta el final.
Escaneamos. Extraemos. Saltamos a lo que creemos que viene. Y respondemos a la versión que imaginamos, no a la que está escrita.
Leer, realmente leer, es un acto de confianza. En que el autor tiene algo que decir y que vale la pena seguirlo hasta donde va.
Mi hija todavía no ha aprendido a no leer. Todavía confía en que las palabras importan, en que los argumentos se construyen, en que el final puede sorprenderla.
¿Qué pasaría si recuperáramos esa paciencia?
No solo para leer textos. Para escuchar ideas completas. Para entender argumentos antes de responderlos. Para confiar en que lo que alguien más tiene que decir merece llegar hasta el final.
Quizás esa sea la verdadera alfabetización ahora.


