¿Qué tan falsos?
Hace unos años, las personas falsas en redes eran fáciles de detectar. Flequillo perfecto, piel sin poros, una vida demasiado bien iluminada.
Ahora ya no.
Las cuentas de gente que no existe se parecen cada vez más a las de la gente que sí. Posan en restaurantes, viajan a festivales, recomiendan productos. Pasan desapercibidas en el mismo feed donde estamos todos los demás.
Es más, hace poco vi a un emprendedor presentar su plataforma. Estaba feliz.
La herramienta entiende tu marca. Sale a investigar. Rastrea a otras personas en redes, encuentra lo que se está volviendo viral, toma esas ideas prestadas y arma con ellas un video. Cien por ciento generado. Sin nada que decir.
Pero hace rato que jugamos a esto.
Primero fue el maniquí en la vitrina, vestido como nosotros pero inmóvil. Después la foto retocada de la revista, una piel que nadie tiene. Luego el filtro que nos quita diez años en un segundo. La frase ajena que copiamos porque a otro le funcionó.
Cada paso alejó un poco lo real. Y casi no protestamos, porque ya habíamos aceptado el anterior.
Lo que seguíamos tampoco era auténtico. El rostro sin defecto, la vida sin fricción, la opinión medida para gustar. Fabricación, también.
La plataforma del emprendedor no inventó nada. Solo automatizó algo que ya hacíamos a mano.
Cuando lo falso se produce en serie, lo escaso cambia de lugar.
Deja de ser el contenido. De eso hay océanos.
Pasa a ser lo único que ya no sale de una línea de producción: alguien dispuesto a equivocarse en público. Alguien a quien le escribimos y nos responde. Alguien cuyos errores son suyos, y no los de una máquina entrenada para complacernos.
Al final, ¿qué tan falsos somos nosotros?



Buen mensaje y reflexión José. Saludos