Reiniciar el día
Cada mañana llega armada antes de empezar. La ropa elegida, el trayecto pensado, el orden de las tareas. Todo vive en la cabeza antes del primer sorbo de café.
Entonces se riega el vaso.
Ese vaso se lleva con él el día que ya traíamos. Toca cambiarse, casi volver a bañarse, empezar como si el primer intento no hubiera contado.
Minutos después, al bajarse del carro, faltan las llaves de la oficina. Otro reinicio. Pequeño, silencioso, pero reinicio al fin.
En la oficina el mismo patrón. La reunión que se cae. La decisión que toca tomar otra vez.
Ahí el día se divide en dos. Están quienes se levantaron con el pie izquierdo: el vaso explica las llaves, las llaves explican la reunión, y a las diez de la mañana el día entero ya tiene culpable. La cadena no se rompe porque nadie la está rompiendo.
Están quienes pasan la página. Mismo vaso, mismo piso, otro día.
Hay una tercera salida, más nueva: la fantasía del día sin tropiezos. Pedirle a la inteligencia artificial que nos arme el día completo, resuelto antes de abrir los ojos, con la promesa de que el vaso nunca se va a regar. Es la misma evasión con mejor tecnología: seguir creyendo que el día depende del evento, cuando siempre dependió de lo que viene después.
El oficio, la inteligencia artesanal, no está en evitar el reinicio. Está en cómo reiniciamos.
Una mañana sin tropiezos es cuestión de suerte. El oficio se nota en lo que hacemos con la mano cuando el café ya está en el piso.
¿Con qué vamos a cargar el resto del día: con el vaso que se regó, o con lo que hicimos justo después?


