En las inducciones de la empresa, Recursos Humanos presentaba el código de vestimenta. Una de las diapositivas mostraba unos Converse con una prohibición encima.
Yo entraba después, a hablar de innovación. Con los Converse puestos.
Alguien siempre preguntaba lo mismo: ¿y usted por qué sí puede?
Porque el médico me autorizó.
Empezó en 2005, con un problema en el tendón de Aquiles. Eran los años de corbata y cachaco. Éramos una empresa seria porque vestíamos así. Llegué con la fórmula médica en la mano y dije que no era yo, era el médico.
Nunca me los volví a quitar.
Nunca lo planeé como estrategia. Era un escape, una grieta legal en una regla que no tenía mucho sentido. Los demás notaron la señal antes que yo.
He tenido Converse negros, amarillos, azules, verdes, blancos y vino tinto. Llegué a tener cinco pares rojos. Me casé de Converse.
Veinte años después me quebré la rodilla y el médico volvió a hablar. Esta vez pidió tenis más tradicionales para los días de clase. La misma autoridad que me los dio casi me los quita.
Busqué un modelo que cumpliera. Lo encontré.
La regla siguió en la diapositiva años después de que dejó de tener sentido. Eso pasa en toda empresa: reglas que nadie defiende y nadie quita, sostenidas por inercia hasta que alguien llega con un papel en la mano.
Ayer pasó por mi oficina un amigo al que no veía hace rato. Antes del saludo, me miró los pies.
“¿Y dónde están tus Converse?”
Una pausa.
“Ah, esos también son Converse.”
¿Qué regla tuya sigue en pie solo porque nadie la ha desafiado?


